El archivo era tan grande que tardó tres minutos exactos en abrir.
El silencio en la sala era casi sagrado. Solo se oía el zumbido de los ventiladores del computador.
—¿Sabes lo que estás a punto de hacer? —preguntó Eva, con voz baja.
Valentina no apartó los ojos de la pantalla.
—Sí. Y no pienso detenerme.
Sebastián se cruzó de brazos, mientras Tomás se apoyaba en la pared, tenso.
—Empezamos con los dos más débiles —dijo Eva—. Los que nadie defenderá cuando el escándalo estalle. Pero que tienen