El edificio abandonado se alzaba como un monstruo dormido en medio de la ciudad. Sus paredes, cubiertas de grafitis y humedad, parecían susurrar secretos olvidados por el tiempo. Valentina miró la fachada desconfiada. No le gustaban las ruinas. Siempre escondían más que polvo y ratas.
Tomás caminó hasta la reja oxidada y forzó la cerradura con una ganzúa improvisada.
—¿Siempre has sido tan ilegal? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—No se sobrevive en este mundo siguiendo las reglas, Val —co