El sonido del arma resonó como un trueno en el callejón silencioso. Valentina y Tomás giraron lentamente, con el corazón en la garganta.
Allí estaba.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, con el rostro cubierto por una máscara táctica que dejaba ver solo sus ojos: fríos, calculadores, inhumanos.
El cañón del arma apuntaba directo al pecho de Tomás.
—Bajen las manos y no hagan preguntas —ordenó con voz metálica, distorsionada por un modulador. Ni grave ni aguda, imposible de identi