Valentina llegó a la oficina de Sebastián sin anunciarse.
Entró con pasos firmes, el rostro frío, el corazón ardiendo.
Él la vio entrar y supo que todo había cambiado.
—Necesito respuestas —dijo ella, cerrando la puerta tras de sí.
Sebastián se quedó en silencio.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque ya no podía mentirle.
—¿Desde cuándo sabías lo de mi padre? —preguntó, con voz seca.
Él bajó la mirada.
Suspiró.
—Desde antes de conocerte.
Un latido sordo retumbó en su pecho.
—¿Y aún así… m