La madrugada envolvía la ciudad con su manto gris, mientras Valentina y Tomás permanecían sentados en el viejo sofá del apartamento temporal. El reloj marcaba las 2:47 a. m., pero ninguno de los dos parecía dispuesto a dormir.
Habían apagado la laptop, silenciado los teléfonos, cerrado las cortinas. Solo el sonido lejano del tráfico nocturno acompañaba su silencio.
Tomás fue el primero en romperlo, con la voz baja, casi resignada:
—¿En qué momento terminamos metidos en esto?
Valentina soltó un