La noche caía sobre el país con una tensión que no se podía nombrar. Las calles, los canales, las redes sociales… todo parecía suspendido. Las grietas del poder ya no eran rumores: eran derrumbes públicos, noticias en cadena, confesiones grabadas.
En un despacho oculto dentro del edificio de la Fiscalía General, Isabel Montenegro se mantenía sentada frente a un ventanal enrejado, sin paisaje, sin horizonte. El vino había sido reemplazado por una taza de café amargo y el silencio era ahora su ún