El sábado se sintió como una segunda oportunidad. Había amanecido con la certeza de que este día sería diferente, un lienzo en blanco para la alegría. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas, prometiendo un día cálido. Dumas se había ido temprano, y el apartamento, que ya se sentía como mío, me llamaba a ser transformado. Decidí que la sala necesitaba un nuevo aire, un color más vivo que rompiera con la sobriedad elegante que tanto le gustaba a Dumas. Me puse manos a la obra, vestida c