Me quedé allí, en la banqueta, sintiendo que el sol se ponía y que la noche se cernía sobre mí. Mi mente era un torbellino de imágenes: la mano de Dumas en la de esa mujer, su beso en la mejilla, la forma en que me miró y luego se dio la vuelta, como si yo no existiera. El dolor era tan intenso que me dolía la cabeza, el corazón, el alma. ¿Cómo podía él haberme hecho eso? ¿Cómo podía haberme prometido que todo estaría bien, y luego abandonarme sin decir una palabra?
Me levanté de la banca y cam