La luz de la mañana del lunes se colaba por los ventanales de mi taller, pero se sentía diferente a la de cualquier otro día. No era la misma luz que el sol le había dado al departamento de Dumas, pero aun así, tenía una calidez que me llenaba de energía. El dolor de espalda y el cansancio en mis manos se habían esfumado. Por primera vez en meses, sentí que mi cuerpo me daba las gracias por el descanso que le había dado.
La semana anterior había sido un infierno. La confrontación con Lucas y su