El frío metal del carrito deslizándose por el suelo de hormigón resonó en el silencio del galpón de los Moretti —un espacio que habían adaptado temporalmente como centro de cuidados después del atentado. Máximo yacía inmóvil sobre la camilla, su rostro pálido bajo los reflejos de las luces industriales, mientras el doctor Romano ajustaba la bomba de sedación que mantenía la dosis precisa en su sistema.
“La inflamación craneal es significativa”, explicó el médico en voz baja, dirigiéndose a Vict