El cielo de Milán apenas comenzaba a teñirse de tonos grisáceos cuando los vehículos de los Moretti regresaban al galpón después del operativo. Máximo mantenía la mirada fija en la pantalla del rastreador, donde el punto rojo continuaba moviéndose hacia el norte. A su lado, los hombres cargaban los equipos y revisaban las comunicaciones, mientras él intentaba mantener la compostura a pesar de la furia que lo consumía por dentro.
Máximo se había mantenido en pie durante toda la operación, pero a