El refugio se encontraba en una propiedad aislada en las colinas al norte de Milán, rodeada de árboles altos que ocultaban cualquier rastro de la construcción desde la carretera. Las ventanas estaban protegidas con barrotes de acero y las puertas tenían cerraduras de seguridad de última generación –todo preparado para momentos como este.
Julliano, de cinco años, se sentaba en el suelo del salón pequeño pero acogedor, armando y desarmando una torre de bloques de madera una y otra vez. Sus ojos a