El sol de la mañana inundó el salón del apartamento de Brera con luz dorada, dibujando sombras suaves sobre los muebles de madera clara que Máximo había elegido. Ilein permanecía acurrucada contra su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón bajo su mano. Había pasado la noche envuelta en una tormenta de sensaciones que creía olvidadas: la fuerza de sus brazos, el calor de su piel, el eco de sus promesas en su oído. Pero con el amanecer, la realidad regresó con la misma intensidad que el s