Tras semanas de encuentros casuales –en mercados de artesanía, exposiciones de textiles, incluso en la misma panadería donde ella compraba sus croissants los domingos por la mañana– Máximo notó cómo la barrera de desconfianza en Ilein se iba desvaneciendo. Ya no se alejaba cuando él se acercaba; al contrario, buscaba su mirada, esperaba sus comentarios sobre los tejidos, sonreía con una calidez que le recordaba los días de antaño.
Pero la impaciencia lo consumía. Cada vez que la veía, sentía có