La estación de autobuses, un hervidero de almas anónimas, les ofreció el anonimato que tanto necesitaban. Compraron billetes con nombres falsos, destinadas a un pueblo costero, un rincón olvidado en el mapa donde esperaban encontrar refugio.
Mientras el autobús se alejaba de Madrid, Ilein miró por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se desvanecían en la oscuridad. Una lágrima, rebelde y silenciosa, rodó por su mejilla. Era una lágrima de despedida, de arrepentimiento, de un dolor p