Milan despertaba despacio, con el ruido de coches y tranvías que comenzaban su jornada. Máximo cruzó la puerta de la mansión Moretti con paso firme, los zapatos de cuero golpeando contra el suelo de piedra pulida del vestíbulo. Había regresado después de pasar varias horas fuera de la propiedad, coordinando con los hombres encargados de la seguridad en los límites de la ciudad.
Al llegar a la cocina, encontró a Ileín frente a la cafetera; Julliano estaba sentado en la mesa del desayuno. El ni