El humo de la pólvora flotaba en el aire de la catedral de San Judas como un incienso profano. El silencio que siguió a la carnicería era denso, interrumpido solo por el siseo de las llamas devorando los tapices de terciopelo y el goteo rítmico de la sangre cayendo desde los escalones del altar.
Luca Valenti estaba de pie en el epicentro del caos. Su camisa blanca, ahora jirones empapados en escarlata, se pegaba a su pecho agitado. A su lado, Bella sostenía la pistola con una firmeza que habría