87. El adiós que no fue
Algunas despedidas no se hacen con palabras, sino con heridas que nunca terminan de cerrar.
Las ruinas del alma
El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Giulia despertó sobresaltada, empapada en sudor frío. Afuera, la lluvia seguía cayendo con un ritmo obstinado, golpeando los vidrios como si el cielo mismo llorara lo que ella aún no podía.
Encendió la luz. La habitación estaba en desorden: papeles, ropa tirada, botellas vacías. Todo olía a humo y desesperación. No había dormido realmen