Los pasos de Lyn Aiko se detuvieron en seco sobre la grava fría del parque. La brisa otoñal volvió a soplar con suavidad, arrastrando varias hojas secas de arce a su alrededor. Sin embargo, no era el frío lo que había inmovilizado su cuerpo de generosas curvas, sino la figura de un hombre alto, de cabello castaño claro, que permanecía inmóvil a escasos metros de ella.
—¿Elyn...?
Aquel llamado sonó vacilante, rompiendo el silencio que reinaba entre el suave murmullo del viento parisino. El hombr