Hay decisiones que no llegan como un rayo.
No sacuden.
No anuncian nada.
Simplemente se instalan en el pecho y ya no se van.
Ese día desperté antes que Alejandro. La luz entraba suave por la ventana, y Bogotá parecía en pausa, como si me estuviera dando tiempo para pensar. Me quedé unos minutos mirando el techo, escuchando su respiración tranquila, preguntándome en qué momento la vida dejó de sentirse como una carrera y empezó a sentirse como un camino.
Me levanté despacio y fui a la cocina. Pr