Nunca es el golpe el que más duele.
Es descubrir quién sostuvo el cuchillo.
La noche anterior había dormido poco.
El taller estaba en silencio, pero mi mente no.
Cada rostro del equipo se me aparecía como una posibilidad, como una pregunta sin respuesta.
No quería desconfiar de nadie.
Pero la traición no pide permiso para existir.
Alejandro ya estaba despierto cuando bajé.
Tenía una carpeta abierta y una expresión que no me gustó.
—Tenemos algo —dijo, sin rodeos.
Mi corazón se encogió.
—¿Qué en