Los días siguientes fueron una mezcla extraña de valentía y agotamiento.
No hubo un solo minuto en que mi nombre no apareciera en alguna red, alguna noticia, algún comentario venenoso lleno de certezas vacías.
Alejandro intentaba que no leyera nada.
Lucía filtraba mensajes.
Mi madre rezaba con la mirada.
Pero yo sí leía.
Yo sí veía.
Porque la verdad no se defiende con los ojos cerrados.
Y, aunque dolía, necesitaba saber qué parte del mundo quería verme caer… y cuál quería verme de pie.
—No te a