Los días siguientes a la última amenaza fueron un infierno disfrazado de rutina. Alejandro y yo tratábamos de mantener la calma frente a la junta, frente a los empleados, frente a la prensa… pero cada vez que nos quedábamos solos, sabíamos que estábamos caminando sobre un campo minado.
El sobre con aquella advertencia aún me quemaba en el bolso. No se lo mostré a Alejandro. Una parte de mí pensaba que protegerlo era ocultarle cosas, aunque en el fondo supiera que ese silencio podría convertirse