La mañana después de aquella primera noche en casa de Alejandro amaneció con un brillo distinto. Sentía que la ciudad no era la misma, que hasta el aire frío de Bogotá era más llevadero con su abrazo rodeándome. Y sin embargo, en medio de esa dicha recién descubierta, aún pesaba en mi bolso aquel sobre anónimo que me advertía que el amor sería mi perdición.
No le dije nada a Alejandro. No podía. Necesitaba protegerlo, o al menos intentarlo. ¿Cómo confesarle que alguien, desde las sombras, ya co