Desperté antes de que el sol saliera, sintiendo el calor regular del cuerpo de Spencer a mi lado. Puse mi mano en su frente. La fiebre había cedido. Su piel estaba tibia, no ardiendo. Había pasado lo peor.
Me levanté silenciosamente, usando la camiseta de seda que me cubría como un vestido. Spencer dormía profundamente, con una calma que rara vez se permitía. Su rostro, sin la tensión de la vigilancia constante, era casi juvenil.
Me dirigí a la cocina del penthouse. Yo no era una chef, pero sab