Llegué al penthouse de Spencer a las 20:00 en punto, sintiendo la humillación del incidente en la oficina aún en mi piel. Sabía que esta noche no sería un simple "drenaje"; sería una lección.
Spencer me esperaba en el centro de la sala, con la misma camisa blanca de seda que había usado por la mañana, ahora impecable. Me miró de arriba abajo, su expresión ilegible.
—Llega justo a tiempo, Casey. La puntualidad es lo único que respeto de usted —dijo, su voz tan plana y fría como el mármol de su suelo.
—¿Señor Blackwood?
—Usted me llamó a las tantas, ebria, exigiendo que la usara. Eso es inaceptable. Yo decido cuándo y dónde se liberan nuestras energías. —Caminó lentamente hacia mí—. Hoy vamos a reestablecer la cadena de mando.
Me tomó de la mano y me condujo a la mesa de comedor, una vasta extensión de madera pulida, ya puesta para dos. Pero no cenaríamos inmediatamente.
Spencer me empujó suavemente contra la mesa.
—Quítate la ropa. Toda.
Lo hice, sintiendo la vergüenza y el deseo en ol