La mañana llegó lentamente, trayendo consigo la luz dorada típica de Sevilla que, aunque suele ser relajante, ahora se sentía punzante. Sofía se levantó, con los ojos hinchados y la cabeza palpitando. Bajó a la cocina. Silencio. El estudio de Diego seguía cerrado a cal y canto; no se escuchaba el sonido de ninguna guitarra. ¿Estaría durmiendo? ¿O ya se habría ido?
Abrió el refrigerador y sacó los ingredientes para el desayuno: huevos, pan integral, café negro. Con movimientos mecánicos, preparó