Con una decisión repentina, Sofía tomó la carpeta azul, que contenía los documentos bancarios con los nombres de Sofía y Diego. No para leerlos, sino como un escudo, como un recordatorio de los límites que ella misma había trazado. Respiró hondo, abrió la puerta del coche y bajó; sus pasos se sentían pesados, como si cada huella arrastrara el peso de cinco años de arrepentimientos y nuevas esperanzas.
En cuanto entró en la cafetería, el aroma a café tostado y pan recién horneado la recibió de i