—¡Tres horas, Diego! ¡Tres horas! —gritó Sofía, sujetándose la cabeza como si le fuera a explotar.
Corría en círculos por la mesa de la cocina, sin importarle que todavía llevara su bata de satén.
—¡Necesitamos diez años para que parezcas normal, y ahora Dios solo me da tres horas!
Diego se atragantó con el trozo de pan que le quedaba. Su cara, que antes estaba tan tranquila, ahora estaba tan pálida como una pared de cemento sin pintar.
—¿Tu madre viene de visita? ¿En serio? ¿Tres horas? ¡De