A las seis de la mañana, Sevilla ya estaba iluminada. Los primeros rayos de sol se filtraban a través de las finas cortinas como dedos dorados que se colaban sigilosamente, dibujando largas líneas sobre el suelo de madera aún frío. Sofía abrió los ojos lentamente y, durante los tres primeros segundos, tres breves instantes antes de que la plena consciencia la golpeara como agua helada, sintió paz.
Entonces notó que el lado izquierdo de la cama estaba vacío. El separador de colchón había desapar