Yuliana bajó la cabeza y guardó silencio durante varios segundos. Su reacción confirmó que había notado cosas que yo me negué a ver.
—No lo sabía con seguridad —respondió al fin—. Pero había cosas que no me parecían normales.
—¿Cómo pude ser tan estúpida? —pregunté mientras volvía a llorar.
—No lo eres, mi niña —dijo en voz baja, acercándose un poco más y apoyando su mano con suavidad sobre mi brazo—. Solo eres demasiado confiada.
Apreté los labios para contener el llanto, pero las lágrimas te