49. ¡Debo encontrarla!
— Indiana, Leandro, a mi despacho — ordenó él con las palpitaciones completamente disparadas. Se sentía rabioso, molesto, embargado de terror.
Galilea se había ido hacía ya más de una hora y Benicio juró no saber más allá de lo que ella le había pedido, que la dejara en río y nada más; así que ahora mismo podría estar en cualquier sitio, lejos de él, muy lejos.
Tan pronto rodeó el escritorio y se sentó en su silla con desgarbo, miró a ese par que esperaban en silencio del otro lado.
— Las cosas