64. Una amarga noticia
El alba los cazó despiertos, a los pies de la cama, sobre el tapete beige de la habitación.
Cuerpos sudorosos y alientos entremezclados; almas encontradas.
Habían hecho el amor hasta saberse saciados, hasta el agotamiento, o al menos eso fue lo que pensaron hasta que transcurrieron varios minutos y fueron por una nueva ronda, más entregados, más necesitados. Galilea estaba dispuesta a todo esa noche y él iba a ofrecérselo, de eso que ni dudas le quedaran.
— Me encantas, mujer — gruñó Cristopher