Zack se corrió con euforia poco después de que ella lo hiciera, como un hombre disciplinado. Su sangre era fuego y el corazón había estado a poco de explotarle. Jaló el cinturón de la bata y desató las manos de Sheily como si abriera un regalo. La suavidad de la tela no le dejó marcas en la piel, que él masajeó de todos modos.
Se recostó, apoyándole la cabeza sobre el vientre y ella lo abrazó. Descansaron unos instantes en el silencio donde danzaban sus respiraciones jadeantes, que eran como l