Sheily releyó el mensaje, pensativa. Llamó al número del remitente, pero nadie le contestó.
«¿Qué quieres?», le escribió justo cuando entraba Zack. Guardó el aparato en su bolsillo y le sonrió.
—¿No te han agradado mis amigos? —preguntó él, rodeándola entre sus brazos.
—¿Quién soy yo para juzgarlos? Ni siquiera tengo amigos, pero si los tuviera, serían como... —como Williams, pensaba Sheily—, serían fetichistas sadomasoquistas.
—Eso sería interesante. ¿Quieres que me deshaga de ellos? —pregun