capítulo 16. No quería lastimarte
El amanecer en Manhattan entró por las cortinas con una agresividad que Connor no pudo ignorar. Cada fibra de su cuerpo protestó cuando intentó moverse. Las costillas le enviaban pinchazos de fuego con cada respiración profunda y el brazo en el cabestrillo se sentía como un peso muerto de plomo. Pero el dolor físico era una molestia menor comparada con la presión que sentía en el pecho al recordar los gritos de la noche anterior.
Se obligó a entrar en la ducha, dejando que el agua caliente gol