El aire en mi pequeño apartamento se quebró. La última frase de Alessandro—“Y ellos también pueden hacerlo”— no fue una advertencia. Fue una sentencia. Colgaba entre nosotros, densa y venenosa, robándome el oxígeno y solidificando el terror en mis venas. "Ellos". Los lobos. La familia que llevaba mi sangre y que, al parecer, la quería derramada.
Mi mirada saltó de los ojos de acero de Alessandro a la puerta principal, un portal a un pasillo que de repente parecía infestado de monstruos. Mi inst