Me pasó su chaqueta para cubrirme y acarició mi mejilla con un gesto demasiado íntimo para el caos que nos rodeaba.
—Quédate aquí.
—Ni loca.
—Havana…
—Si crees que después de una explosión me voy a quedar sola en tu casa de mafioso, necesitas una mejor estrategia de convencimiento.
Me miró con esa expresión de “me encanta que seas así, pero te voy a hacer sufrir por ello después” y suspiró.
—Bien. Pero te quedas en el coche.
Oh, sí, claro. Segurísimo que iba a obedecer.
Dejemos algo claro: me d