El aire dentro del auto estaba cargado, pesado con una electricidad que no se disipaba. Vincent seguía ahí, su cuerpo acorralándome contra la puerta del coche, su aliento chocando contra mi piel.
—Que eres mía —repitió, su voz un murmullo grave que me erizó la piel.
Mi cabeza me decía que debía responder algo inteligente, desafiante, pero mi cuerpo… Mi cuerpo tenía otras ideas. No me aparté cuando sus labios rozaron los míos, suaves, tentativos, hasta que la tensión se rompió y se adueñó de mi