La finca de la costa era una fortaleza de cristal y piedra que se asomaba al mar Tirreno. El sonido de las olas rompiendo contra los acantilados era el único ruido que competía con el murmullo de los motores de lujo y el tintineo de las copas. Para Elena, aquel lugar no era una fiesta; era un coliseo donde los leones vestían de etiqueta.
Cuando Bruno abrió la puerta del Bentley, el aire salino golpeó el rostro de Elena, pero no le trajo alivio.
—Recuerda —susurró Dante, ajustándose las gafas os