El interior del Bentley era una burbuja de lujo asfixiante. El olor a cuero nuevo y al tabaco caro que Bruno solía fumar impregnaba el aire. Dante estaba sentado en el asiento trasero, con las piernas estiradas y una elegancia depredadora. A su lado, Elena intentaba fundirse con la puerta, manteniendo la mayor distancia posible.
En la parte delantera, Bruno conducía con una rigidez militar. Sus ojos se desviaban constantemente al espejo retrovisor, vigilando no la carretera, sino cada gesto de