El amanecer se filtró por las cortinas como un intruso silencioso. Brianna abrió los ojos, desorientada. La habitación estaba vacía, pero el recuerdo de la noche anterior permanecía vívido en su memoria. Sus dedos buscaron instintivamente la marca en su cuello, que palpitaba con un calor extraño, como si tuviera vida propia.
Damien no estaba.
Se había marchado sin decir palabra, dejándola sola con el fantasma de aquel beso bajo la luna roja. Un beso que había desatado algo primitivo entre ambos