Capítulo 9. El nido invadido.

La camioneta blindada cortó las calles de San Diego a ciento veinte kilómetros por hora.

El silencio dentro del vehículo era asfixiante. Lidia estaba pegada a la puerta derecha.

Sus manos temblaban sobre la seda negra de su vestido. Intentó apretar los puños, pero sus dedos no obedecían. El pánico le recorría la columna.

Alexander no apartó la vista de ella. Su mano derecha seguía firme sobre la rodilla de Lidia. El calor de su palma era lo único que la mantenía anclada al asiento.

—Respira —o
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