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El polvo del camino de acceso llegó primero.

Clara lo vio desde la terraza cuando bajaba la vista hacia el valle, con la niña dormida contra su pecho y el peso tibio de esa cabeza pequeña acomodado en el hueco de su clavícula. Era la hora en que la luz toscana se volvía más generosa, convirtiendo los cipreses en siluetas negras sobre un fondo de cobre, y ella había aprendido en tres semanas a reconocer cuándo el camino estaba vac&

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