SUEGRA.
MAX.
Victoria sostiene el estuche de terciopelo en la palma de la mano. Se le nota en los ojos el impacto del peso, la sorpresa que intenta disimular detrás de esa fachada de secretaria eficiente que tanto le gusta usar. La observo sin mover un solo músculo. Me gusta tenerla así: desarmada, sentada en mi regazo con la blusa entreabierta y la piel todavía caliente por mi boca.
—Ábrelo —le ordeno. Mi voz suena áspera, cargada con la vibración del orgasmo que todavía nos debemos.
Ella me mira un s