VICTORIA.
El sonido de la sierra médica vibra en mi brazo izquierdo. Miro al doctor José cortar la fibra blanca que llevé por dos meses y medio. El consultorio se llena de polvo de yeso y olor a piel encerrada.
—Ya casi está, Victoria —dice el médico, y minutos despues, apaga la sierra dándome un respiro.
Toma las pinzas de presión y abre la incisión. El molde se parte en dos mitades perfectas. Cuando retira el material, siento una ligereza extraña, casi incómoda. Mi brazo izquierdo queda expue