VICTORIA.
El auto frena de golpe frente a la casa de Valentina, los neumáticos rechinan sobre el asfalto. No espero a que Maximiliano apague el motor; abro la puerta con la mano derecha y corro hacia la entrada.
En cuanto piso el vestíbulo, los gritos y el llanto descontrolado de mi hermana me golpean en la cara.
—¡No, no, no! ¡Enzo! ¡Mi bebé! —grita Valentina, de rodillas en la sala, tirándose del cabello con desesperación. Tiene el rostro empapado en lágrimas, los ojos hinchados y la ropa des