VICTORIA.
Maximiliano no pierde el tiempo. Su mano derecha se desliza con firmeza desde mi mandíbula hasta la nuca, enredando los dedos en mi cabello para sostener mi cabeza, dictando el control absoluto del movimiento. Se inclina y presiona sus labios contra los míos.
El contacto inicial es un choque de calor brutal que me corta la respiración. Sus labios son firmes, calientes, y entran con una presión exigente, sin pedir permiso pero sin lastimarme. Al segundo impacto, mi boca se abre por ins