PESADILLA.
VICTORIA.
Dos de sus hombres me levantan del piso por las axilas, arrastrándome a la fuerza. Me zafo como puedo, pero el agarre es de acero. Nos empujan hacia los niveles subterráneos de la clínica, usándonos a mí y a otros tres civiles como barreras vivas mientras cargan la camilla del herido. El llanto ahogado de una de las rehenes, una enfermera joven, rebota en las paredes de concreto del sótano. Está al borde de un ataque de pánico.
—Cállate o te silencio yo —le ruge uno de los tipos, apun