VICTORIA.
El reloj marca las siete de la noche. Frente al espejo del tocador, termino de abrocharme los aretes de oro que combinan con el vestido. La tela dorada se ciñe a mi cuerpo de forma implacable, cayendo hasta el suelo con una caída limpia y pesada.
La puerta de mi habitación se abre y Valentina entra cargando un par de bolsas de tiendas exclusivas. Trae el cabello algo alborotado y una expresión que mezcla cansancio con absoluta satisfacción. Deja las bolsas sobre la cama con un golpe s